domingo, 23 de marzo de 2008

La llegada

Comenzamos a habitarlo en el invierno de 2007, el mismo que trajo bajo los postes aquella pelusilla blanca que se desmoronaba del cielo, fría y tenue, estrellas cayendo en las veredas y los cerros, la nieve de los cuentos y los films americanos.
Llegamos como llegaron todos, sabiendo que aquella primera noche habíamos de dormir en el cuarto inesperado, en la habitación impensada, para despertar por la mañana y abrir el sol nuevo que golpeaba los vidrios, para sorber café recién servido y el paisaje sorprendente y sorpresivo emanando de su vapor mañanero. Llegamos como llegaron todos, tímidos saliendo de las casas a aventurar el nuevo camino hacia la ciudad lejana, desconfiados de las esquivas sonrisas que se deslizaban a esa hora de los labios de los vecinos nuevos, esos que no sabíamos quienes eran, pero esperábamos fueran aquellos que una vez soñamos bebiendo junto al fogón las historias de la infancia y los sueños compartidos, esos que caminarían hacia la esquina a llamar al niño que crecía sin remedio y se despedirían hasta mañana vecino con el pecho inflado y los ojos húmedos de complacencia por qué bueno haberte elegido, no haberme equivocado.
Llegamos como llegaron todos picando la tierra y empujando palomas hacia los precipicios lejos de nuestros jardines, llegamos martillando el calor sobre la ventana, extendiendo las sábanas y las alfombras, desplegando sombras inauditas que salían como pájaros desde los árboles. Y el gazapo incorregible de las constructoras, los primeros dimequetediretes con post venta y por ahí estaba el pobre Gustavo poniendo cara de palo cuando nos crujía la escalera y los dientes. Porque no fue fácil desmoronarse los primeros meses, caminar pies antiguos hasta el supermercado y bronceado gratis por la avenida, no fue fácil soportar el silencio ni los grillos sacudiéndote el letargo, no fue fácil pasar la tarde entera esquivando mariposas y contando nubes sobre los cerros, comprender que aquí estábamos y esto era el final de la historia, pero los niños seguían agitando los brazos y el the end con el making off no llegaban nunca.
Y supimos que la historia continuaba, que debíamos ser heroicos ante el presente eterno y que aquel que esquivó la mirada el primer día me llevó el sábado a recoger flores para colgarlas de mi ventana. Supimos que no había mejor antidepresivo que un buen asado por la tarde y las pizzas artesanales saltando por la pandereta, supimos que fue hora de compartir la parrilla y feliz año nuevo que se te cumplan todos tus deseos era mejor darlo en patota. Supimos que si queríamos arreglar el mundo bastaba con plantar un árbol en el patio y llenar las plazas con niños felices.Supimos que no era un desperdicio comadrear en las veredas y llevarla en coche a saltar por las estrellas.
Comenzamos a habitarlo y seguimos en el intento. Ayer compré las plantas nuevas que Italo sembró hoy por la tarde. Le dije a la Paty que en Renca estaban los viveros más baratos y Fernando no le habría la puerta a la Vipsi. Quedamos de ir el sábado a cotizar árboles para el proyecto de forestación del barrio y la Javy les trajo huevitos de chocolate a mis niños cuando ya atardecía. Antes de cerrar la puerta y guardar la noche le mostré el cielo a la Constanza, con sus luces dormidas y un frescor casi, casi indescriptible; el Carlos que traía los pies descalzos como por olvido, nos miró y dijo desde la acera todavía la niña despierta, ¡qué buena!
Sé que todos sabemos que aquí la luna ha retornado al cielo.



Malicia Blues